náufragos

Éramos solo vos y yo entre las cuatros paredes de mi pieza enfrentándonos a una verdad: esta habitación comenzaba a quedarnos grande, casi podíamos confundir las paredes con columnas gigantes que parecían venirse encima nuestro.
Entonces, casi sin darnos cuenta, desde las esquinas brota un crujido: las paredes se estiran, se arquean, cómo si buscaran rodearnos en un gran abrazo, mientras el techo se expande y la luz encuentra paso por todas partes. Las ventanas vuelan, los posters se despegan, los discos flotan y yo busco con mi mirada la complicidad de la tuya, al menos en el terror, pero te encuentro calmo.

Ahora somos diminutos, casi imperceptibles. Nunca nos dimos cuenta de lo enorme que era todo lo que nos rodeaba, cuánto nos superaba en tamaño aquello que se formó, que no lo buscamos pero nos encontró. y ahora oficiaba de jaula.
Todo lo que habita dentro, que somos nosotros, es un sinsentido. Hasta la más mínima emoción se agiganta acá.
Por eso, cuando llegó el invierno intenté deshacer al frio sólo con dos cuerpos, y me quemé. 
Por eso, cuando las hojas del otoño nos asfixiaron intenté con un soplido abarcar al viento, y me faltó el aire.
Por eso en primavera quise comprar el silencio de los pájaros con las migajas de las ultimas galletas que nos quedaban, y terminé con un cuerpo lleno de cicatrices.
Por eso, cuando hirvió en llamas mi pecho intenté apagarlo con el frio de tus palabras, pero terminé por inundar mi alma de un llanto desolador. Un llanto que no dudó convertirse en tempestad aquí dentro.

Ahora me quemo por dentro y por fuera me ahogo.

El llanto salió de mi como si mi cuerpo no le perteneciera y se transformó en una tormenta que no cesa, que inunda. Yo sólo me pregunto si sabrás nadar.

En esta gran estructura que se formó de nosotros, que nos tiene de rehén, existen otras micro estructuras que son de nuestra autoría. Las risas formaron puentes que creí que servirían para encontrar la forma de salir de acá, pero no eran resistentes a la angustia y la corriente los arrasó. Cada paso que dimos formó un escalón y ahora estamos repletos de escaleras que se cruzan, se chocan, comienzan al ras del suelo y tocan el techo de este domo que no para de llenarse; hay escalones consistentes, de pasos que habremos dado con seguridad, pero también los hay, y muchos, endebles y frágiles, que me tambalean y me dejan suspendida en el espacio.

Hace rato que la música dejó de sonar, la perdí entre mis gritos. Yo quería salir de acá. Por eso saltaba escalones, y me batía a duelo con la gravedad, buscando aunque sea una fuga de esta gran estructura que sea la puerta de salida. Luego volvería a buscarte a vos, por supuesto, que te había perdido el rastro cuando el agua nos arrastró.

Era agotador luchar sola contra el tiempo, que parecía llevarme ventaja, así que decidí recostarme sobre un escalón flojo, ya casi resignada. La superficie ya rozaba mi piel. Pensé que, tal vez, riendo ella cesaría, así que recordé tus chistes pero inmediatamente la risa fue opacada por el llanto de quien hace el esfuerzo de volver cotidiano algo que le es ajeno pero que solía pertenecerle.

Ya está, pienso, nos vamos a morir acá. Ahogados en una angustia barata.
Entonces irrumpe en mi retina un destello que comenzaba a molestar, fijo mi vista hacia arriba, sólo a algunos escalones de distancia, y la veo: es una puerta. No, no es una puerta, es mi puerta; tiene mis fotos, tiene los dibujos que yo le hice, y tiene el picaporte de metal que resplandece.
Subo los escalones para alcanzarla, me detengo y observo mi reflejo, no me reconozco. Sigo subiendo hasta dar con ella, si quiero salir de acá voy a tener que hacer fuerza, y todavía tengo que idear el plan para volver a buscarte.
Estoy parada debajo de ella, levanto mi cabeza y acerco mi mano al picaporte, me detengo al ver que algo se refleja en él, sos vos. Te encontré. Pienso impulsivamente si bajar a rescatarte y que salgas conmigo, pero te veo bien.

Estás sentado en mi colchón, que parece ser que funciona de fuerte con las almohadas alrededor, manteniéndote a flote. No te estás ahogando, nunca te ahogaste; ni literalmente ni en sentido figurado.

Le habías encontrado un sentido al naufragio, esto que a mi me llevaba puesta no era para vos más que una débil corriente. No eras preso, vos también, de ésta angustia, sólo eras un huésped al que el agua nunca tocó, mientras yo, empapada, braceaba contracorriente hasta el cansancio.
Esta cúpula, que para mi era jaula, para vos era mundo.
Hice mi último esfuerzo por gritarte, pero no dijiste nada, así que abrí la puerta. Me ayudé con los brazos haciendo palanca para lograr salir, saqué la cabeza, luego el torso, y al final me deslicé por esa eterna esfera hasta caer al piso.
Cuando desperté mis brazos habían vuelto a su tamaño normal, las paredes eran las de siempre, los posters seguían colgados y los discos estaban en el mismo lugar en que los dejé la última vez. Todo había vuelto a la normalidad.
Me acerqué a buscar la esfera, que seguía en el piso, te mantenías estatico. La sostuve en mis manos, la levanté con cuidado y la posé en el estante de mi habitación.
Ahora sos mi recuerdo favorito.

Comentarios