Siento que estoy atrapada en un mundo que no me pertenece,
o al que no pertenezco.
Paso los días caminando calles que no son las mías
y buscando comprensión en ojos incapaces de reconocerme.
Cuando llueve acá parece que el cielo se cae.
A la lluvia la creía débil,
tal vez porque allá, de donde soy yo,
un techo la detenía
antes de golpearme la cara sin piedad.
En este lugar no hay hogar.
La lluvia me empapa, casi me ahoga,
y toco puertas de cada casa que veo,
pero no hay nadie que se anime a abrirme.
Donde duermo no hay puertas ni ventanas.
El agua entra, el sol quema,
el viento arrastra la tierra
y cualquiera puede pasar.
No es mío.
Tampoco es hogar.
Acá las cuadras son kilométricas,
todos tienen piernas más largas que las mías.
Las alacenas están un metro por encima,
y los caminantes sólo miran para adelante,
nunca para abajo.
Y yo,
me hago más chiquita cada vez
que busco unos ojos que no me miran.
Hay un silencio inaguantable.
No es de esos que no dicen nada:
lo dice todo.
La lengua oficial es lo que no se dice.
Y lo que se dice,
bueno,
es lo justo y necesario.
Acá, cuando tocás las cosas con delicadeza,
se desmoronan.
Ya destruí tres jazmines y dos narcisos
sólo de posar mi nariz para sentir su aroma.
Es como si todo estuviera hecho
de un cemento hueco,
que se deshace al tacto.
Los pájaros cantan,
pero se detienen cuando los escuchás,
como si guardaran un secreto.
Las abejas trabajan,
pero no polinizan flores:
frenan en la cabeza de los caminantes.
Sus cabezas,
¿de qué estarán hechas?
Las veredas están repletas de espejos,
espejos a una altura diminuta,
lo cual es absurdo.
Me es imposible moverme siquiera un centímetro
sin que mi imagen me interpele,
pero ellos,
los que caminan,
jamás llegarán a reflejarse.
Lo único que veo son pies.
Frente a mí y en los espejos.
Son ahora miles de pies
que se alejan.
Intento gritarles con todas mis fuerzas
que me enseñen el camino de vuelta a casa,
pero no me escuchan.
Tal vez no les interese lo que tenga para decir;
quizá deba aprender el idioma de lo no dicho,
o habitar el silencio
para entender por qué es capital acá.
¿Sabrán que hay alguien ajeno?
¿Notarán, en las noches de lluvia,
un cuerpo empapado
junto a sus impolutos atuendos?
¿Notarán, cuando habitan el silencio,
una molesta verborragia
debajo de ellos?
¿Se habrán dado cuenta,
cuando caminan con prisa,
de que aquello que yace en el suelo
e interrumpe su andar,
soy yo?
Que a la altura de sus pies hay algo
que me devuelve, una y otra vez,
en la constante humillación
de buscar espacio
en aquello que me queda demasiado grande.
Cuando hablan con lo justo y necesario,
¿sabrán que yo puedo decir cien palabras
y recuperar sólo dos,
pero que me es imposible tomar dos palabras
y encontrar en ese par
las respuestas que estoy buscando?
Eso es algo que hacen acá,
no allá,
de donde soy yo.
¿Sabrán que cuando cierran
con una fuerza sobrehumana
las puertas de sus casas
invitan al viento a la mía
para que barra con tierra
lo único que me queda,
que es mi memoria?
Hubo un instante
en que nos entendimos.
Ellos y yo.
Vimos la grandeza en las mismas cosas
y nos aterró lo mismo.
Yo quedé atrapada acá.
Vos, creo, nunca precisaste ser comprendido.
¿Sabrán que las ventiscas
que a ellos sólo los despeinan
a mí me vuelan el sentido?
Que recorro estas calles eternas,
buscándolo,
intentando averiguar
para qué estaba yo acá.
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